"¿Cuánto cuesta un inmigrante?" Esta pregunta fue formulada oficialmente al gobierno holandés por el partido de Geert Wilders (PVV, Partido por la Libertad) el pasado 22 de julio. El jueves 10 de septiembre el gobierno trató de responder. "No llevamos la contabilidad del valor económico de los seres humanos", explicó Eberhard Van der Laan, ministro de Integración, en el diario holandés Trouw. No dice haber querido responder por temor a que el partido xenófobo instrumentalizase los datos, utilizándolos para argumentar a favor de la expulsión de los musulmanes. Si bien los demás partidos en el Parlamento consideran que las preguntas del PVV son "despreciables y condenables", éste tiene derecho, según ellos, a una respuesta más precisa por parte del gobierno. Ahora el ministro asegura estar dispuesto a realizar los cálculos sobre los efectos de la política de inmigración, pero no calculará el "coste" de los individuos. A juicio del PVV, esta falsa respuesta constituye la prueba de que el contribuyente se ve obligado a correr con los costes de la inmigración de masas.
El jefe de la coalición de la izquierda radical Syriza, vencedor en las elecciones del 6 de mayo, es la figura ascendente de la política griega. A tres semanas de las elecciones legislativas del 17 de junio, su programa, que oscila entre el pragmatismo y la lucha de clases, preocupa a muchas capitales europeas.
Las tribulaciones económicas de Europa nos han obligado a intentar comprender el mundo secreto de las finanzas globales. Pero ahora que prestamos más atención a los intereses de los bonos y a los mecanismos de estabilidad, nos ha quedado claro que los expertos, desde lo alto de la cumbre del Olimpo, tampoco saben qué está ocurriendo.
La organización de la edición de 2012 de la gran fiesta musical en Azerbaiyán, país que dista de ser una democracia modelo, suscita reservas en Europa. Y son muchos los que denuncian la benevolencia mostrada hacia el régimen de Bakú.