“La medida de la felicidad”, titula Der Freitag, que dedica su portada al fin del PIB como medida del bienestar de un país. Si bien los límites del crecimiento como índice de felicidad son conocidos desde hace casi 40 años, a los políticos alemanes les está costando tomar conciencia de ello, especialmente a Angela Merkel. Frente al entusiasmo internacional por el crecimiento alemán, esta física de formación podría empezar a creer en los milagros, opina el semanario, que califica “la adoración alemana por el PIB” como “desfasada en la actualidad”. Sin embargo, Der Freitag advierte de la tentación de confiar a las autoridades la creación de un índice de la felicidad, ya que esto transformaría la democracia en tecnocracia de la estadística. Más vale, por lo tanto, que la elaboración de un índice de la felicidad siga siendo competencia de los científicos.
El jefe de la coalición de la izquierda radical Syriza, vencedor en las elecciones del 6 de mayo, es la figura ascendente de la política griega. A tres semanas de las elecciones legislativas del 17 de junio, su programa, que oscila entre el pragmatismo y la lucha de clases, preocupa a muchas capitales europeas.
Las tribulaciones económicas de Europa nos han obligado a intentar comprender el mundo secreto de las finanzas globales. Pero ahora que prestamos más atención a los intereses de los bonos y a los mecanismos de estabilidad, nos ha quedado claro que los expertos, desde lo alto de la cumbre del Olimpo, tampoco saben qué está ocurriendo.
La organización de la edición de 2012 de la gran fiesta musical en Azerbaiyán, país que dista de ser una democracia modelo, suscita reservas en Europa. Y son muchos los que denuncian la benevolencia mostrada hacia el régimen de Bakú.