Es la mina que más temen los alemanes. Deberán desenterrar 126.000 contenedores de residuos nucleares del lugar en el que se encuentran almacenados: la antigua mina de sal de Asse, cerca de Hanóver. Desde 1988, el agua salada la ha ido inundando poco a poco y ya se han detectado escapes radioactivos. La autoridad federal en materia de seguridad radioactiva ha terminado por reconocer que la mina corre riesgo de desmoronamiento a partir del año 2020 y recomienda trasladar los desechos a una mina cercana. El problema es que nadie sabe en qué estado se encuentran los contenedores ni qué albergan exactamente. De este modo, en agosto del pasado año, los alemanes se enteraron de que lo que yacía bajo sus pies no era otra cosa que 28 kilos de plutonio altamente tóxico. El cambio de ubicación es como “escoger entre la peste y el cólera – señala la Frankfurter Rundschau – . Inicio de la operación: indeterminado. Duración: alrededor de diez años. Coste: dos mil millones de euros, como mínimo”. Y las empresas de energía nuclear no están muy dispuestas a participar en los gastos.
El jefe de la coalición de la izquierda radical Syriza, vencedor en las elecciones del 6 de mayo, es la figura ascendente de la política griega. A tres semanas de las elecciones legislativas del 17 de junio, su programa, que oscila entre el pragmatismo y la lucha de clases, preocupa a muchas capitales europeas.
Las tribulaciones económicas de Europa nos han obligado a intentar comprender el mundo secreto de las finanzas globales. Pero ahora que prestamos más atención a los intereses de los bonos y a los mecanismos de estabilidad, nos ha quedado claro que los expertos, desde lo alto de la cumbre del Olimpo, tampoco saben qué está ocurriendo.
La organización de la edición de 2012 de la gran fiesta musical en Azerbaiyán, país que dista de ser una democracia modelo, suscita reservas en Europa. Y son muchos los que denuncian la benevolencia mostrada hacia el régimen de Bakú.