Veintiocho de enero, 228 días después y todavía sin Gobierno. Solo Irak lo ha superado. Como escribe Le Monde, Bélgica está "al borde del precipicio"; es incapaz de solucionar las divisiones entre partidos flamencos y francófonos y de hallar una reforma del Estado federal satisfactoria para ambas comunidades.
Bélgica sigue sin Gobierno y en Europa nadie dice nada. El país avanza poco a poco hacia una muerte lenta sin que a sus vecinos parezca importarles. Tal y como observaba recientemente el Frankfurter Allgemeine Zeitung, es cierto que la ausencia de Gobierno no paraliza la vida cotidiana ni impide que el país haya cumplido correctamente su semestre de presidencia de la UE. Pero, así las cosas, si Bélgica llegase a evaporase sería la primera vez en la historia de la Unión en la que desapareciese uno de sus miembros, que además es donde tienen su sede la mayoría de sus instituciones. Mientras que la crisis del euro desestabiliza el edificio comunitario, los europeos preferirían ahorrarse una crisis adicional de este tipo.
Es cierto que los tejemanejes políticos que tienen lugar desde las elecciones de junio son incomprensibles para muchos, entre ellos para numerosos belgas. Y también es cierto que para un finlandés, un rumano o un portugués, flamencos y valones parecen ser comunidades lejanas y su destino un problema secundario. Pero no se trata solo del futuro de un país de 10 millones de habitantes ni del bienestar institucional de la Unión Europea. La evolución histórica de nuestro continente es el resultado de una mayor interdependencia entre los Estados y sus poblaciones. Parafraseando la célebre fórmula, el aleteo de unas alas a las afueras de Bruselas puede tener consecuencias en Transilvania o en Calabria.
El fin de un Estado basado en la coexistencia de varias comunidades debilitaría la solidaridad ya deteriorada por la crisis del euro. La confianza, ya escasa entre los principales responsables europeos, se tambalearía un poco. Por eso, aunque es evidente que la posición de Europa en el mundo se ha debilitado, es más necesario que nunca que conservemos las herramientas políticas y económicas que permiten garantizar una cohesión europea.
No les corresponde a los europeos decirles a los belgas lo que tienen que hacer. Tampoco es cuestión de dar por sentado que la Unión Europea no podría vivir sin una Bélgica paralizada en su estructura actual. Pero es esencial que todo el mundo se interese y se sienta concernido por el futuro de este país.
El jefe de la coalición de la izquierda radical Syriza, vencedor en las elecciones del 6 de mayo, es la figura ascendente de la política griega. A tres semanas de las elecciones legislativas del 17 de junio, su programa, que oscila entre el pragmatismo y la lucha de clases, preocupa a muchas capitales europeas.
Las tribulaciones económicas de Europa nos han obligado a intentar comprender el mundo secreto de las finanzas globales. Pero ahora que prestamos más atención a los intereses de los bonos y a los mecanismos de estabilidad, nos ha quedado claro que los expertos, desde lo alto de la cumbre del Olimpo, tampoco saben qué está ocurriendo.
La organización de la edición de 2012 de la gran fiesta musical en Azerbaiyán, país que dista de ser una democracia modelo, suscita reservas en Europa. Y son muchos los que denuncian la benevolencia mostrada hacia el régimen de Bakú.