Desde el 11 de enero, cada comisario europeo designado ha de someterse de forma individual a una audiencia ante el Parlamento Europeo. Durante las tres horas que dura el ejercicio, los comisarios responden a preguntas formuladas por los diputados sobre temas tan variopintos como sus competencias, su visión de cara al futuro o sus opiniones sobre cuestiones de sociedad, política internacional o económica. El objetivo es que los comisarios demuestren que no son meros notarios encargados de aplicar las decisiones del Consejo y la línea impuesta por el presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso. De este modo, los eurodiputados tienen la oportunidad de ejercer una de sus facultades menos comunes y más valiosas: podrán rechazar en bloque la nueva Comisión si uno o varios de los candidatos no logran aprobar el examen.
Esta prueba, a la que la mayoría de los ministros de nuestros países no han tenido que someterse y que probablemente muchos de ellos no serían capaces de superar de forma airosa, supone una de esas ocasiones excepcionales en las que se ejerce un control democrático sobre las instituciones europeas a las que tildamos de opacas, a menudo, con razón.
A pesar del pacto tácito de no agresión existente entre las fuerzas políticas con vistas a respetar a los comisarios designados, parece que, como ya pasara en 2004, los eurodiputados no tienen intención de limitarse a asistir de brazos cruzados a las declaraciones de buena fe y de buena voluntad profesadas por los candidatos. En su momento, el italiano Rocco Buttiglione – acusado de homofobia – lo comprobó por sí mismo. Esta vez, es la búlgara Roumiania Jeleva la que se sienta en el banquillo por presunta ocultación de sus intereses financieros. Ansiosos por poner en práctica los nuevos poderes que les concede el Tratado de Lisboa, los elegidos podrían exigir modificaciones e, incluso, sustituciones. ¿Se atreverán a hacerlo? Gian Paolo Accardo
El jefe de la coalición de la izquierda radical Syriza, vencedor en las elecciones del 6 de mayo, es la figura ascendente de la política griega. A tres semanas de las elecciones legislativas del 17 de junio, su programa, que oscila entre el pragmatismo y la lucha de clases, preocupa a muchas capitales europeas.
Las tribulaciones económicas de Europa nos han obligado a intentar comprender el mundo secreto de las finanzas globales. Pero ahora que prestamos más atención a los intereses de los bonos y a los mecanismos de estabilidad, nos ha quedado claro que los expertos, desde lo alto de la cumbre del Olimpo, tampoco saben qué está ocurriendo.
La organización de la edición de 2012 de la gran fiesta musical en Azerbaiyán, país que dista de ser una democracia modelo, suscita reservas en Europa. Y son muchos los que denuncian la benevolencia mostrada hacia el régimen de Bakú.