Crisis de la deuda: ¿Qué puede hacer Grecia ahora?
6 septiembre 2011
To Ethnos
Atenas
Todo el mundo se ha dado cuenta de que el Gobierno griego no podrá reducir su deuda tal y como se había comprometido, lo que hace temblar a los mercados financieros. Y en Atenas surge un sentimiento de impotencia, como se refleja en este editorial de To Ethnos.
¡Los europeos no creen que queramos ser rescatados! Los indicadores están en zona roja y las reformas estructurales se retrasan. Y sin credibilidad, ¿cómo vamos a renegociar? Para todos los que conocen un poco la economía griega, estaba más que claro que los objetivos del plan de austeridad, y sobre todo las medidas anunciadas en 2011, eran demasiado ambiciosos (es decir, inviables).
No sólo se debe a "reticencias políticas", que efectivamente son reales y nadie puede ignorar, sino que la culpa también es de retrasos irracionales. A esto hay que añadir la calidad del personal político y administrativo del país y la del sistema jurídico.
La troika integrada por el FMI, la UE y el BCE y el Gobierno han cometido un enorme error al comprometerse a alcanzar objetivos demasiado ambiciosos, a pesar de las reticencias sobre la "receta" y la forma de ponerla en marcha. El Gobierno, aunque se encontraba acorralado, recibió a los expertos de la troika [la semana pasada, en una visita interrumpida precipitadamente], mientras que estos últimos alimentan los mercados con previsiones no factibles que, con el discurso del "más difícil" y del "más costoso" consiguen lo contrario del resultado previsto. Y de hecho, aunque se hayan logrado muchas cosas, la imagen internacional de Grecia es la de un país que no hace nada.
Un cuchillo bajo la garganta
Ahí está la parte positiva. Porque muchos dirigentes, banqueros y tecnócratas europeos lo han comprendido y denuncian la "presión demasiado fuerte" que se ha ejercido sobre Grecia y que ha desembocado en resultados opuestos a los previstos.
La otra parte es... el fracaso. El Gobierno habla sin cesar de "fusiones" y "supresiones" de organismos públicos, y más en general de reformas estructurales, pero no ha hecho casi nada. Además, en la mayoría de los casos continúa el "caos" en el sector público. Así lo demuestran las recientes declaraciones del viceministro de Interior sobre las administraciones públicas. De nuevo, es extraño haber reducido los salarios y las pensiones, hasta 1.000 euros al mes, haber aumentado los impuestos y observar dos años después que el fraude fiscal y la desorganización en el sector público siguen encontrándose en niveles máximos.
Todo esto constituye una "mala receta" que, más allá de las injusticias sociales que genera, implica una recesión incontrolable y un desempleo que es como "un cuchillo bajo la garganta". Así es nuestra situación actual.
¡Los europeos no creen que queramos ser rescatados! Un gran número de indicadores están en zona roja y muchos de nuestros objetivos no se han logrado. Existe un problema de recetas, de retraso de las reformas estructurales y una vez más, de credibilidad. Esto dificulta la aplicación del acuerdo del 21 de julio [el nuevo plan de rescate elaborado por los países de la eurozona], repleta de zonas sombrías y que limita la posibilidad de renegociar los términos del plan de rigor. Caminamos sobre el filo de la navaja.