Al aceptar el restablecimiento de los controles fronterizos en ciertas condiciones, tal y como han decidido los ministros de Interior el 12 de mayo, la UE se somete al repliegue mostrado por numerosos Estados. Si los Veintisiete no invierten esta tendencia, la UE acabará hundiéndose.
La máquina no funciona bien. El proyecto europeo se ha sumido en una crisis de gran alcance. La Unión Europea ya no tiene nada de moderna. Lo que está de moda hoy es dar marcha atrás y dejarse llevar por la nostalgia de la tranquilidad nacional. Los partidos de derecha ya no son los únicos que hacen campaña en este sentido. Ya se ha convertido en un consenso, o casi. Y desde el momento en el que se extiende este sentimiento, Europa es el blanco de problemas concretos y lo que se desmorona es todo el proyecto europeo. Al anunciar el restablecimiento de los controles fronterizos, Dinamarca muestra el camino que podrían seguir próximamente numerosos Estados miembros.
El deseo de desmantelamiento está muy presente. A muchos austriacos les gustaría volver al schilling, una moneda que no vendrían a poner en peligro ni Grecia, ni Portugal, ni Irlanda. Muchos sueñan con el regreso de los controles en las fronteras, para que dejen de acceder al país las bandas de ladrones, los mendigos, los inmigrantes clandestinos y los traficantes de droga. Estarían de acuerdo en rechazar a esos estudiantes extranjeros que llegan para saturar nuestras universidades. Apoyarían sin dudarlo la aplicación de limitaciones en el tráfico de tránsito. Las encuestas también nos demuestran que una mayoría de austriacos estarían a favor de volver a aplicar limitaciones en el mercado laboral nacional.
Se puede accionar la marcha atrás
Además, un gran número de empresas y de empresarios no se contentarían con aprobar, sino que además apoyarían enérgicamente el restablecimento de obstáculos a la importación de productos que acaban con la producción nacional. Por lo tanto, habría que accionar la marcha atrás.Y de hecho se accionará si ningún dirigente alza la voz para pronunciarse claramente a favor del proyecto común de la Unión. Se accionará si los Veintisiete siguen eludiendo su responsabilidad común.
Se accionará también si la población deja de percibir el valor añadido que aporta la Unión Europea, si ya no está segura de que obtiene algún beneficio con la liberalización del mercado interior, con la apertura del mercado laboral, con la moneda única. En las relaciones entre personas, tanto si son de orden público como privado, lo peor es la fase de incertidumbre, que es la que bordeamos actualmente. En esta fase es en la que se encuentra actualmente la Unión Europea.
Dos opciones dolorosas
La Unión se encuentra ante dos opciones igualmente dolorosas.La primera opción es que los Veintisiete se propongan solucionar los problemas por los que pasa actualmente el euro, los desórdenes en los mercados financieros y los desafíos que plantea la oleada de refugiados del norte de África.Sobre todas estas cuestiones, hasta ahora no hemos oído otra cosa que declaraciones de voluntad: no se ha tomado ninguna medida concreta, como la instauración de un margen de seguridad para los países endeudados, la aplicación de una vigilancia financiera competente o la introducción de una política de inmigración común, combinada con la creación de una política fronteriza eficaz.
Está mal visto expresarlo públicamente, pero para que la Unión pueda poner en marcha estas medidas, será necesario transferir ciertas competencias nacionales a las instituciones comunes, superar nuevos desafíos democráticos y por lo tanto, introducir nuevos cambios dolorosos para los Estados miembros. La otra opción es que los 27 firmen el desmantelamiento de su edificio común. Es más bien lo que se corresponde con el clima actual. Sin embargo, es necesario que todo el mundo sea consciente de que la vuelta atrás no se limitará a los ámbitos que deseemos.
Se podría poner en duda el mercado único
Podríamos sobrevivir a la supresión de la libertad de circulación. Sin embargo, nuestra adhesión a un "grupo de países con moneda fuerte", reunidos alrededor de Alemania, tendría repercusiones negativas en nuestras exportaciones y el turismo.Pero sobre todo, tarde o temprano, se pondría en duda el mercado único. Desde el momento en el que la Unión mostrara los primeros síntomas de disolución, los fabricantes de automóviles y los agricultores franceses exigirían la aplicación de barreras a las importaciones para detener la competencia extranjera y las lograrían cuando se aproximara una u otra elección.
El mercado único, el motor del crecimiento económico, sufriría gravemente la salida del euro y la vuelta al proteccionismo. Veríamos surgir una espiral de vuelta a la nacionalización, necesariamente alimentada por las nuevas barreras en las fronteras y el aislamiento. ¿Es esto lo que queremos realmente?