Ya se han vendido más de 500.000 ejemplares de "¡Indígnense!", del filósofo y antiguo miembro de la resistencia francesa Stéphane Hessel. Con 93 años, hace un llamamiento al compromiso social y político en nombre del sentimiento suscitado por las injusticias.

Una pareja de unos sesenta años, con pinta de profesores jubilados, llega deprisa y corriendo cuando la librería va a cerrar: "¿Tienen el libro de Stéphane Hessel? – Sí, hay un montón, ahí". Suspiran aliviados: parece que efectivamente lo tenían. Es otra librería que cuenta cómo algunos clientes lo compran al por mayor: "Me llevo diez, se lo voy a regalar a todos mis amigos". La señora pregunta en la caja: "¿A qué asociación se destina el dinero?".

¡Indígnense!, la obra de Stéphane Hessel publicada hace dos meses, está teniendo un éxito fulminante: se han vendido 500.000 copias, lleva diez ediciones y se han solicitado traducciones en el mundo entero, desde Turquía a Brasil, desde Polonia a Japón.

Una emoción colectiva

Comunión. Al tratarse de un folleto de una veintena de páginas a 3 euros, el asunto no es tanto una receta editorial milagrosa, sino más bien un fenómeno social. Como una canción que se tararea, como una película que se recomienda a los amigos, ¡Indígnense! cristaliza el espíritu del tiempo actual. Comprarlo simboliza un acto militante, un gesto de comunión, el sentir compartido de una emoción colectiva. Lo importante para una sociedad agotada por los vaivenes de las finanzas mundiales y sus efectos sociales es encontrar las palabras para expresar lo que siente.

Cuando Hessel escribe: "La actual dictadura internacional de los mercados financieros […] amenaza la paz y la democracia", expresa un sentimiento ampliamente extendido con la autoridad de su historia personal. Desde el hundimiento del altermundialismo, gran parte de la opinión busca el modo de expresar que no quiere vivir en un mundo en el que unos se enriquecen al mismo ritmo que otros empobrecen. Y acaban de encontrar ese modo. Si bien entre su público se encuentran diversos activistas de la izquierda, él se inscribe claramente en la herencia social-demócrata.

Por lo demás, en su texto, Hessel es muy moderado. Si establece una comparación con la Resistencia, es para matizar en seguida: "Los motivos para indignarse hoy pueden parecer menos claros, o bien el mundo es demasiado complejo. ¿Quién dirige, quién decide? No siempre resulta fácil distinguir entre todas las corrientes que nos gobiernan. Ya no tenemos que tratar con una pequeña élite cuyas artimañas comprendemos a la perfección. Se trata de un mundo muy amplio, del que sabemos que es interdependiente".

Y aunque se posiciona bajo la autoridad del programa económico del Consejo Nacional de la Resistencia, no pretende conocer las soluciones: "Las propuestas que figuran en este texto y los retos que expongo no son muy originales en sí mismos", reconoce.

¿Es la indignación una virtud en sí misma?

Emoción. Y luego está el título, ¡Indígnense!, un eslogan eficaz aunque ambiguo. La indignación es la clave del compromiso, repite Hessel, borrando los demás motivos que pueden llevar a la acción política: la toma de conciencia, una decisión racional, el deseo de servir, el amor por la justicia o la verdad…

Con su llamamiento a la indignación, Hessel, muy a su pesar, se pone a la altura de una época dedicada al espectáculo de la emoción. La filósofa Hannah Arendt ya había analizado los peligros de este aspecto cuando demostraba hasta qué punto la "política de la piedad", basada en la emoción ante la miseria del prójimo, podía perjudicar a una auténtica "política de justicia". ¿No corre el mismo riesgo una "política de indignación"? ¿Y la indignación es en sí misma una virtud?

Hubo una época en la que las vanguardias artísticas y los contestatarios soñaban con contrariar al burgués: indignarse era entonces un reflejo de derecho. De La vieja dama indigna, novela de Bertolt Brecht, hemos pasado al "viejo señor indignado".