Política Ampliación

Ampliación: Ucrania, en la segunda división europea

9 diciembre 2013
De Volkskrant Amsterdam

La situación en Ucrania demuestra que una pertenencia total a la UE es algo poco realista para este país y otros como Turquía. La UE debe establecer una asociación de dos niveles si desea mantener la estabilidad geopolítica en sus fronteras, así como el apoyo de la opinión pública en el interior.

El levantamiento en Ucrania contra el presidente Yanukóvich y su rendición ante las amenazas rusas obliga a la Unión Europea a reflexionar sobre su propia posición. Putin ha sobornado a Kiev de un modo que a Bruselas le resulta imposible igualar. Bruselas no tiene mucho más que ofrecer a corto plazo que un acuerdo de asociación y a largo plazo, el atractivo de un Estado constitucional democrático basado en el modelo europeo.

En lo que respecta a Europa, es importante por motivos geoestratégicos que Ucrania elija el bando adecuado en su conflicto con Rusia, al igual que ocurre en los Balcanes y en Turquía, cuya lealtad Bruselas también espera comprar con promesas. El problema es que los políticos y los ciudadanos con demasiada frecuencia tienen unas expectativas poco realistas de la pertenencia a la UE, y Bruselas, en momentos decisivos, no se atreve a decir que no, por miedo a enemistarse con el país.

Temor a la expansión rusa

A pesar de las reservas de Bruselas a la hora de realizar demasiadas promesas a Kiev, los defensores ucranianos del acuerdo de asociación lo ven como el primer paso hacia la pertenencia a la UE. Nadie puede explicar con convicción por qué Turquía es más europea que Ucrania, por qué la Ankara anatoliana debe tratarse como una ciudad más europea que la ciudad ucraniana de Leópolis con sus raíces en los Habsburgo. En su intento por lograr sus ambiciones, Kiev siempre podrá contar con el apoyo de Varsovia, pues ningún país de la UE desea seguir siendo un Estado fronterizo, y por ello lucha para que sus vecinos formen parte de la Unión. El temor histórico, y totalmente comprensible, de la expansión rusa refuerza la necesidad de un amortiguador.

Bruselas, teniendo en cuenta a Turquía, jamás se ha atrevido a establecer un límite geográfico

Europa tendrá que tratar a Ucrania con cuidado. Puesto que los pro-europeos intentan dirigir su país hacia la futura adhesión, Bruselas no rechazará la posibilidad de repente; al igual que no tuvo el valor de expulsar a Rumanía y a Bulgaria de la sala de espera, lo que al final acabó con su adhesión a la UE. De hecho, Bruselas, teniendo en cuenta a Turquía, jamás se ha atrevido a establecer un límite geográfico.

Si desea ganar a Rusia en esta puja, Europa debe ofrecer a Ucrania algo más tentador que un acuerdo de asociación. Al mismo tiempo, no es realista esperar que el país, que actualmente lidera la clasificación mundial de los Estados más corruptos, vaya a cumplir en un futuro inmediato los requisitos de buen gobierno para pertenecer a la UE, comparable a la situación en Bulgaria y Rumanía en 2007, o actualmente en los nuevos Estados candidatos a la adhesión en los Balcanes. Grecia, que amenazó con hundir el euro, es el ejemplo de que esas malas prácticas endémicas aún no han acabado después de tres décadas de pertenencia a la UE.

Compromiso roto

La adhesión demasiado apresurada de Europa del Este está produciendo deserciones entre los europeos occidentales, lo que se traduce en la victoria electoral de los populistas

Europa tiene tres opciones a la hora de tratar con los países que desean formar parte de la Unión. O bien frena los avances, declara que esas ambiciones no son realistas o bien inicia, como en el caso de Turquía, negociaciones que al final se quedan estancadas y generan importantes tensiones. Lo cierto es que un “compromiso” roto a última hora genera más resentimiento que un rechazo al principio del cortejo. O bien, por último, las partes pueden continuar obstinadamente a pesar de la falta de progreso, sin atreverse a decir no: es decir, seguir la vía de Rumanía. La adhesión demasiado apresurada de Europa del Este está produciendo deserciones entre los europeos occidentales, lo que se traduce en la victoria electoral de los populistas; un ejemplo de ello es la tensión que surgió del axioma de la libre circulación de personas y las intenciones de [David] Cameron y [el ministro holandés de Asuntos Sociales y Empleo, Lodewijk] Asscher.

Los más realistas saben que la transformación que deben realizar países como Ucrania, Turquía y Serbia para cumplir los criterios de adhesión tardará en hacerse realidad décadas, por no decir generaciones. Al mismo tiempo, Bruselas no quiere rechazar a estos países y con razón. Por ello, ha llegado el momento de plantearse seriamente varias formas intermedias: la distinción entre una pertenencia A y B; una versión alternativa de la Europa de dos velocidades, que de hecho ya existe con el euro.

Sin embargo, esa salida a esta situación está bloqueada por el tabú, ya que varios de los países A no desean llegar a ese estatus, mientras que otros Estados miembros ambiciosos no pueden cumplir las obligaciones que conlleva. Pero una distinción así será inevitable si la UE apuesta por continuar su expansión hacia el Este, por motivos de estabilidad geopolítica, sin perder el apoyo de los europeos occidentales. Si no se tiene en cuenta esa dicotomía, la UE llegará al Cáucaso, pero en última instancia explotará en el interior.