Este fin de semana, once vagones repletos de residuos nucleares deberán llegar a Gorleben, Alemania, procedentes de la planta de reprocesamiento de La Hague, Francia. Las manifestaciones que allí se preparan podrían ser determinantes para el futuro del movimiento antinuclear.

Trenes especiales, centenares de autocares y manifestantes a millares: la región de Wendland [Baja Sajonia] se prepara para una semana de manifestaciones como no se recuerda desde los años 80. Tras diez años intentando acallar al movimiento antinuclear decretando para ello la reducción de los plazos de explotación y el cese [del almacenamiento de residuos nucleares] en la mina de sal de Gorleben, quienes – hasta en el seno del propio gobierno – esperaban presenciar cómo el movimiento perdía fuelle se han equivocado de lleno [mientras que el gobierno tiene previsto almacenar los residuos con carácter permanente]. La oposición es más fuerte que nunca y aglutina a todos los estratos de la población. Los obstinados iracundos con bragas militares  ya no son los únicos que cortan las calles en la zona de Gorleben.

Toda la sociedad está movilizada

Ahí radica toda la fuerza del movimiento. La oposición moviliza a toda la sociedad civil: los antinucleares no se reúnen sólo para proclamar los riesgos de una tecnología peligrosa, sino para luchar por un modo de producción energético respetuoso con el medio ambiente. Son, por ende, patriotas, pero, sobre todo, bastante burgueses. Y eso es también lo que hace que el movimiento sea tan peligroso para el poder: las voces críticas se alzan en las propias filas de la CDU [Unión Demócrata Cristina, que ostenta el poder desde Berlín] y son muchas. Otros se unen a los Verdes, que logran máximos de popularidad en los sondeos.

Por este motivo, este fin de semana marcará un giro decisivo para el futuro del movimiento antinuclear. Hasta ahora, los militantes casi siempre han intentado evitar caer en la demagogia. La defensa de las energías limpias no es compatible con el recurso a la violencia. De hecho, los habitantes de Wendland tienen más o menos de violentos lo mismo que el proyecto Castor de respeto por el medio ambiente. [Siendo “Castor” el acrónimo de “Cask for storage and transport of radioactive material” o “Cofre de almacenamiento y transporte de materiales radioactivos”.]

Se espera a 30.000 manifestantes

No obstante, rara vez los ánimos han estado tan encendidos. La culpa: de las prórrogas de los plazos de explotación de las centrales, de los posibles acuerdos secretos con los industriales del sector energético o incluso de la continuación con el entierro sin escrúpulos de los residuos en Gorleben. Cerca de 30.000 manifestantes podrían desplazarse hasta allí y encontrarse cara a cara con 16.000 policías. Algunos grupos ya han dejado clara su intención de cortar las vías de ferrocarril y la policía ya ha previsto cañones de agua, de ahí que se presagie que el sábado depare unas imágenes no muy halagueñas.

Esto no hace sino perjudicar cualquier intento de debate serio sobre la cuestión nuclear. No habrá nuevos diálogos porque un puñado de militantes o de policías, o incluso de los dos, se habrá enfrentado en toda regla en Wendland. La oposición legítima y bienvenida de los antinucleares se vería, así pues, relegada a un lugar que no le corresponde.

Mientras la oposición sea pacífica, sigue habiendo espacio para el diálogo. Y hay mucho que hacer, incluido en Gorleben. El gobierno federal está, en efecto, dispuesto a arriesgar miles de millones de euros por un proyecto que la historia demuestra que tiene escasísimas posibilidades de llevarse a término. Si esto no es motivo por el que manifestarse…