Ucrania remonta el tiempo: apenas han pasado seis meses desde las últimas elecciones presidenciales y ya no queda casi nada del movimiento democrático que emergió en 2004. El escritor Yuri Andrujovich describe “la ocupación interior” de su país y hace un llamamiento a Europa.
La Ucrania de hoy es un ejemplo clásico sobre el tema “La fragilidad de la democracia, o cómo se nos empuja de nuevo hacia la dictadura”. El hombre que interiorizó profundamente “la ofensa de 2004” [en las elecciones presidenciales, fue derrotado por Víctor Yúshenko] saborea la venganza. Víktor Yanukóvich es el primer “presidente minoritario” de nuestra historia: en la segunda vuelta de las elecciones [del pasado febrero] obtuvo menos del 49% de los votos. Por eso pareció que estaría aún menos en condiciones de imponerse que su predecesor. Pero fuimos los únicos en creerlo, ingenuos nosotros que creíamos que la Constitución de un país era inviolable.
Desde mediados de marzo, el nuevo presidente se ha hecho con el poder con una facilidad chocante. Actualmente, dispone de una mayoría parlamentaria servil, que no sabe hacer nada más que aplicar sus órdenes e ignorar a la oposición. El ejemplo más reciente es el voto nocturno de la ley sobre los principios de la política extranjera. De las 420 enmiendas de la oposición, no se ha aprobado ni una.
Hacia un Estado policial
El gobierno se encuentra bajo el dominio de Mykola Azarov, un enemigo de las pequeñas y medianas empresas cuya lealtad para con el presidente es absoluta. Su actividad favorita: poner a sus adversarios de rodillas. Así, la ley fiscal que ha propuesto prevé que las unidades especiales del Tesoro público puedan entrar en la vivienda de la gente para registrar su domicilio. El objetivo es evidente. La clase media quedará reducida a la obediencia, los opositores se verán desangrados por medios administrativos y los aliados del poder podrán enriquecerse.
No tengo recuerdo de que ningún tribunal haya dictado jamás una sentencia favorable a la oposición. Sin embargo, es impensable que ésta se haya equivocado todo el tiempo. Apenas ha aprobado el Parlamento la ley sobre las manifestaciones, y los jueces ya estiman que tienen el insigne deber de prohibir los actos de protesta. En esta ocasión, la policía ha demostrado que era capaz de intervenir, incluso sin mandato judicial.
Érase una vez un país que no estaba tan mal, que era sinónimo de esperanza y llamaba a la puerta de Europa. ¿Qué queda hoy de él? Cada vez se oye hablar más a menudo de “entrevistas profilácticas” con periodistas y representantes del público, de tentativas de reclutamiento destinadas a elaborar “listas de lealtad”, mientras que se confeccionan informes sobre los ciudadanos especialmente activos. El país se transforma de nuevo en un Estado policial. Las palabras clave de esta última frase son “de nuevo”. Hemos regresado al pasado. ¿ A los años 70?
Detrás de la euro-retórica de Yanukóvich
Las elecciones municipales previstas para este otoño solo pueden terminar con una clara victoria del Partido de las Regiones de Yanukóvich (el objetivo anunciado es alcanzar el 70%). Las “reformas” tienen el objetivo de dar a luz una especie de “segunda Rusia ”; una versión más débil y atrasada del país vecino. El orden social ideal para llegar a esta meta es una suerte de neoestalinismo de tipo feudal-oligárquico. No es casual que en nuestro país estén empezando a resurgir monumentos a Stalin.
Pero queda un enigma: ¿para qué necesita a Europa el régimen de Yanukóvich? ¿Qué son esos melindres sobre la integración? ¿Cómo es que la euro-retórica se mantiene invariable? ¿Será únicamente cuestión de cuentas bancarias? ¿O de vacaciones de lujo en Cerdeña? Aún no habíamos tenido un poder estatal tan alejado de los valores europeos. En algunos momentos, casi desearíamos que volviera Leonid Kutchma [el presidente que se vio obligado a dimitir en 2005]. Por estos motivos, hago el siguiente llamamiento a la comunidad de países europeos: “¡Vigilad más que nunca qué hace este gobierno ucraniano! Solo Dios sabe por qué, pero todavía le importa lo que pensáis. ¡No os dejéis camelar por su palabrería sobre el ‘orden’!”.
Hace cinco años, jamás habría imaginado que nuestra visión sufriría una derrota tan aplastante en 2010. No hubo lucha, simplemente perdimos la guerra. La consecuencia es la ocupación. Para esto ya tenemos una expresión en Ucrania: “la ocupación interior”, por medio de una elección presidencial y de maquinaciones parlamentarias. Pero es totalmente imposible que un régimen tan anacrónico, nacido del legado estalinista, pueda ganar la guerra desde el punto de vista histórico. En esta convicción y fuente de controversia se fundan todas mis esperanzas. O, mejor dicho, las que me quedan.
