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Mercado del arte: Un escaparate del ego

24 junio 2010
Frankfurter Allgemeine Zeitung Berlin

Olafur ELiasson, "Berlin Colour Sphere", 2006, presentado en el búnker de Christian Boros en Berlín.

Olafur ELiasson, "Berlin Colour Sphere", 2006, presentado en el búnker de Christian Boros en Berlín.

© NOSHE

Mientras los museos públicos se ven obligados a reducir sus presupuestos, las colecciones privadas están en pleno auge. Pero la mayoría de éstas últimas tan sólo son escaparates personales en los que se pierde la función social de las instituciones clásicas.

El pasado mayo pasará a los anales de  la historia de los museos europeos como uno de los peores meses. En la noche del 19 al 20 de mayo, un desconocido accedió al Museo de Arte Moderno de París, del que sustrajo tranquilamente cinco obras maestras, un Braque, un Léger, un Matisse, un Modigliani y un Picasso, cuyo valor total ascendía a cerca de cien millones de euros. Tras el robo, la gran pregunta fue saber por qué el ladrón había optado por estas obras, imposibles de revender en el mercado legal.

La respuesta a este enigma se llama "artnapping", o secuestro de obras de arte: los ladrones presionan al museo o a las compañías aseguradoras, que prefieren desembolsar una importante suma a un "intermediario" a cambio de la devolución de la obra, en lugar de indemnizar al propietario de la obra por una cantidad superior. Excepto en el caso de que, tal y como ocurría en el Museo de Arte Moderno de París, no exista tal compañía aseguradora. Los cuadros se exponían sin seguro ni protección. Al parecer, el sistema de alarma fallaba desde el mes de marzo.

Símbolos del estatus social del mecenas

Este asunto pone de manifiesto ante todo la arriesgada falta de dinero de los museos europeos. En el mundo del arte se está produciendo una división: mientras las instituciones públicas sufren restricciones presupuestarias y la desaparición de mecenas, los museos privados están en pleno auge. Es el caso del millonario François Pinault, propietario, entre otras, de las marcas Gucci e Yves Saint Laurent, que expone su gigantesca colección privada en dos suntuosos museos privados de Venecia.

Bernard Arnault, propietario de Louis Vuitton, quiere construir un edificio especial para que sea la sede de su fundación en París. También en Alemania, las instituciones privadas proliferan como extravagantes champiñones deslumbrantes y la competencia entre los coleccionistas es feroz: desde que Christian Boros transformara un antiguo búnker berlinés en lugar de exposición, la clave está en quién es más excéntrico en la puesta en escena de sí mismo. Las colecciones de arte expuestas en estos museos privados se han convertido en símbolos imperativos de un cierto estatus social.

Las relaciones de poder han cambiado. Mientras los coleccionistas privados se embriagan con champagne y eventos en torno al mundo del arte, las instituciones públicas se encuentran al borde del abismo. El Hamburger Kunsthalle acaba de comunicar que está buscando soluciones para evitar el cierre temporal de la Galería del Presente, por motivos financieros. La ciudad tuvo que reducir su presupuesto en 220.000 euros. ¿Significa esta tendencia el fin de los museos públicos?

El auge de las fundaciones privadas

Hubertus Gassner, director de la Hamburger Kunsthalle, expone un panorama sombrío de la situación. Antes, los coleccionistas proponían obras y modos de financiación a los museos públicos. Actualmente, prefieren tener su propia fundación. ¿La disolución de la sociedad civil marcará el fin de los museos como instituciones? Lo que está claro es que los nuevos templos del gusto privado no podrán sustituir a los museos públicos.

Las grandes colecciones privadas a menudo presentan un parecido impresionante, ya que un gran número de coleccionistas siguen los consejos de los galeristas que les recomiendan "buenas obras", las más cotizadas en el mercado. A decir verdad, estas colecciones han cambiado poco la relación con los museos entendidos como lugares, memoria visual de una sociedad, que arbitran las piezas elegidas tras la discusión de los especialistas y las presentan en forma de tesis.

Los museos como los de la ciudad de Hamburgo, fundados por generosos ciudadanos, eran lugares donde la sociedad civil podía representarse más allá de los intereses privados oligárquicos. Sólo una institución pública, con sus diferentes directores, conservadores y mecenas posee los medios para ofrecer una colección tan viva y variada como, por ejemplo, la de la Neue Nationalgalerie de Berlín. En este tipo de entorno es donde únicamente se puede medir la riqueza de la corriente moderna de Berlín de los años veinte.

Por otro lado, la expansión del mercado del arte de los últimos años ha hecho surgir una nueva generación de pequeños coleccionistas y aficionados. Si los museos saben tratarlos debidamente, podrían volver a convertirse en lo que eran antes: lugares que arbitraban las formas y las representaciones con las que una sociedad proyecta la imagen que tiene de sí misma.