Duramente sacudida por la crisis, sometida al yugo de la austeridad y asediada por las huelgas, Rumanía está prácticamente en quiebra. Sin embargo, ni sus dirigentes ni los inversores europeos parecen dispuestos a prestarle ayuda, situación de la que podrían aprovecharse Rusia y China, se teme România Liberă.

El presidente reconoce que Rumanía está en quiebra y el gobernador de su Banco nacional se ha apresurado a señalar que el país experimenta los mismos problemas que hace diez años, cuando el tecnócrata Mugur Isarescu [el gobernador en cuestión] fue nombrado jefe de gobierno en un intento por salvar la situación. En el último instante, todos los males parecieron esfumarse.

Víctimas y protagonistas de sus propias maquinaciones, las élites políticas de Rumanía han antepuesto sus propios intereses a los nacionales, aun cuando sabían que sus acciones podrían abocar a la catástrofe.

Ahora, el presidente, Traian Basescu, habla del riesgo de “helenización” del país, pero, el año pasado, el gobierno de Emil Boc (Partido Demócrata Liberal) prefirió gastar desmesuradamente sin que el presidente le llamase la atención. Esta falsa filantropía del ejecutivo resultaba tan rentable para el presidente porque éste no se proponía sacar a Rumanía de la crisis, sino ganar la carrera hacia la presidencia. De lo contrario, Traian Basescu habría conminado a Emil Boc & Co. a empezar con los despidos, bajar los sueldos y olvidarse de las adquisiciones clientelistas.

Ahora, el presidente habla del riesgo de “helenización” que corre Rumanía sin hacerse eco de la historia y del potencial que separan a sendos países. No le faltan motivos para alarmarse ante las deudas del país, cada vez más sangrantes, pero bien podría haber empezado a lamentarse al concluir la campaña electoral y, llegado el caso, eligiendo un primer ministro tecnócrata que no sólo entienda de mecanismos económicos, sino que además sepa cómo evitar el desastre.

Ahora, el presidente habla del riesgo de “helenización”, probablemente sin detenerse a pensar en que a los inversores occidentales les interesaría más “salvar” a Grecia antes que a Rumanía. Si los dos países tuvieran que poner sobre la mesa lo que todavía pueden vender, se encontrarían con compradores diametralmente opuestos. En el caso de Grecia, con unas infraestructuras de transporte punteras, un turismo más desarrollado y una agricultura que ha sabido beneficiarse de los fondos europeos, Occidente se afanaría por hacerse con las concesiones o comprar a un precio reducido. Por su parte, Rumanía, donde las carreteras están siempre en obras, hace tiempo que se desmantelaron las fábricas y la agricultura sigue sumida en el atraso y el olvido, captaría inversores orientales: los chinos, en el mejor de los casos, o los rusos. Para ambos, contaría tanto el precio de liquidación como la (re)conquista de una zona de influencia a resguardo económico.

Los alemanes preferirían echar mano a las pertenencias griegas a orillas del Mediterráneo de este país que acoge al mayor número de germanohablantes no alemanes de Europa, porque Rumanía está demasiado lejos, va demasiado a la zaga y es algo más corrupta. Ante estos dos países al borde de la bancarrota se abren perspectivas totalmente distintas, porque el primero siempre ha sido objeto de la codicia de Occidente, mientras que el segundo siempre ha estado acechado por los peligros procedentes de Oriente.