Crisis del euro: Somos todos unos hipócritas
29 abril 2010
Frankfurter Allgemeine Zeitung
Berlin

Ilustración de Stephff para Il Sole-24 Ore
Se oye por todas partes que, antes de nada, Grecia debe demostrar su credibilidad. Pero no es la única que disfraza la realidad, recuerda el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Ya es hora de deshacerse de las mentiras vitales sobre las que descansa nuestra sociedad.
Todos los cretenses son mentirosos, decía Epiménides el cretense. En la epístola de San Pablo a Tito, la parábola filosófica que evoca ese círculo infernal de la lógica parece todavía más dura: “Uno de ellos, su propio profeta, dijo: ‘Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, glotones perezosos’”. Esto que llamamos la Paradoja de Epiménides ha encontrado su aplicación en la política, ya que todo el mundo pone el grito en el cielo por el hecho de que los griegos hubiesen mentido. Porque vivían por encima de sus posibilidades. Porque han contraído más deudas de las que jamás habrían podido reembolsar y porque esperaban que el resto de Europa (o más precisamente una parte del resto de Europa) les hiciese de tesorero. Al igual que los bancos que han recuperado los títulos griegos en sus carteras diciéndose a sí mismos que es cierto que un Estado puede encontrarse en quiebra, pero no un miembro de la UE.
Una actitud fomentada por los políticos
Sin embargo, esta agitación forma parte en sí misma de la mentira. De todas formas, todos somos cretenses en lo que concierne a la mentira, más que en el ámbito de la autoacusación. Atenas debe seguir ahorrando, proclamamos. Pero no hay ni un solo Estado europeo que no sea impreciso con su población en lo relativo a la situación fiscal. Además, ningún pueblo aprobaría las primas de desguace, los fantasmas de las reducciones fiscales y los eufemismos sobre el “reendeudamiento”. Existe cierto descontento de vez en cuando, pero poca cosa. No hay ningún político que, la víspera de las elecciones (como ocurre en Renania del Norte-Westfalia en este momento) no haya recurrido a los trucos más embaucadores para dirigir a los contribuyentes directamente a las cabinas electorales.
Atenas debería seguir ahorrando, afirma la deudora [Angela Merkel]. Todas estas gesticulaciones absurdas con el fin de sermonear a los griegos sirven, sobre todo, para demostrar que cada uno tiene su presupuesto controlado. ¿Controlado? En Bruselas, esta Bruselas en la que hoy se declara querer someter a Grecia a una vigilancia sin precedentes, nunca han tenido la voluntad durante todos estos años de evitar lo peor. ¿Conocen los cretenses que se encuentran allí la situación fiscal de los portugueses, los búlgaros, de los húngaros o de los italianos? ¿Y de los alemanes? La respuesta no puede ser otra que sí, claro que las conocen.
Pero cuando la política consiste en integrar Estados y continentes enteros gracias a la prosperidad, no hay que descartar que hayamos cerrado los ojos ante la imposibilidad de financiar nobles objetivos: el concepto europeo que tiene por nombre “cohesión”. “Quítenle a una sociedad media la mentira vital y le estarán quitando al mismo tiempo el orden político”, podría decirse parafraseando a Ibsen.
Los bancos mienten, sigamos como si no pasara nada
Valgan de ejemplo de estas mentiras vitales todos los esfuerzos retóricos mediante los cuales llevamos a la práctica nuestras quimeras de la racionalidad. Se supone que vivimos en una sociedad de observación y vigilancia permanentes, de evaluación y de certificación constantes. También se supone que vivimos en una sociedad del saber. ¿Por qué el recurrir a tales conceptos no hace reír a nadie? Incluso las catástrofes políticas más estrepitosas sólo se reconocen cuando no pueden ser negadas ni por el más perezoso.
En cierto modo, Grecia no es más que un ejemplo. Emitimos certificados de los que conocemos que no tienen más valor que el del papel sobre el que están redactados. Miles de políticos están constantemente preparados para tomar un avión para asistir a conferencias donde se pretende llegar a acuerdos declarados en buen camino. Cuando los bancos nos mienten y nos explotan, dejamos de creerles durante una fracción de segundo, pero luego seguimos como si no hubiese pasado nada. Eso también es aplicable a los políticos, a los presentadores de televisión y a los consultores de las empresas.
Por la vía de consideraciones complejas, demostramos que las deudas son las inversiones del futuro, que Europa es genial o que el queroseno, el aumento de la producción de automóviles, que el modo “ahorro de energía” y la ganadería subvencionada no pueden ser responsables del cambio climático. Y Grecia tiene que ser más creíble. Tanto como nosotros, como los bancos, como los gurús, como los cancilleres, como los cretenses.