Habíamos olvidado lo grande que es nuestro continente. El columnista Hamish McRae expone que la interrupción del tráfico aéreo como consecuencia de la nube de ceniza volcánica del Eyjafjallajoekull ha puesto de manifiesto la debilidad económica y social de Europa.
Qué frágil es nuestra sociedad moderna. Un suceso natural, aunque sea realmente poco habitual, no sólo ha afectado a la vida de los europeos al interrumpir la mayoría de su transporte aéreo: también ha desconectado a Europa del mundo. Estos eventos deberían hacernos pensar sobre el modo en el que organizamos nuestras vidas actualmente. La gran lección que hemos aprendido en estos días es clara: si queremos que la gente recorra grandes distancias, tiene que ser por aire. Es cierto que las líneas marítimas siguen en funcionamiento y que los grandes buques portacontenedores siguen trayendo productos y materias primas y se encargan del transporte de las exportaciones. Por arduo que resulte, es posible desplazarse por Europa por tierra y por mar, aunque estas opciones no sean tan sencillas. Pero Europa es enorme, tal y como acabo de descubrir.
Sin el transporte aéreo asequible y rápido, no podríamos disfrutar de fines de semana de despedidas de solteros en Estonia, ni pasar unas vacaciones familiares en Mallorca, ni celebrar una conferencia paneuropea en Alemania. Las actividades tan habituales para la mayoría de nosotros simplemente no podrían realizarse. E incluso si dejamos a un lado las vacaciones, cualquier tipo de evento empresarial o conferencia política mundial no sería posible. Imaginemos qué habría ocurrido si la ceniza hubiera cubierto Europa durante la celebración de la cumbre sobre medio ambiente en Copenhague el pasado mes de diciembre. Hasta los líderes más importantes del mundo habrían quedado inmovilizados.
El mundo cambiaría. Aquí, en Europa, las regiones periféricas sufrirían las consecuencias, ya que se quedarían fuera del núcleo central. No sería malo para Estonia, pero sería nefasto para Escocia. En un sentido más amplio, la relación de Europa con Estados Unidos sería más distante. A China le resultaría más complicado vender sus productos a Estados Unidos y se dirigiría a otros países de Asia. Quizás la gran fuerza económica de la globalización está tan afianzada que sobreviviría, pero se tendería hacia un mundo más regional y menos global. Sería un mundo menos democrático en el sentido de que viajar volvería a ser un privilegio de ricos, tal y como lo era hace cien años. Solemos olvidarnos de que el transporte aéreo asequible es profundamente igualitario: permite a una gran cantidad de personas experimentar algo precioso: la libertad de ver otras sociedades y vivir otras culturas. En mi opinión, esa lección es más importante que el impacto más inmediato en la economía, que como es comprensible llama mucho más la atención ahora.
Nuestra línea de producción global y oportuna es especialmente vulnerable a cualquier alteración y el caos llega a extenderse a África y el este de Asia. No sólo sufren los europeos. Puede que haya quien piense que es algo frívolo por nuestra parte transportar verduras o flores fuera de temporada desde Kenia, pero lo cierto es que la subsistencia de muchas personas depende de este comercio.
Por otro lado, es importante reconocer que no todo es negativo. Si bien el caos sin duda hace que la comunidad empresarial diseñe sistemas de producción y distribución más sólidos, el resultado no sólo será más eficiente, sino que además se adecuará más a nuestras auténticas necesidades y deseos. Por poner un ejemplo sencillo, los sistemas de búsqueda informáticos de transporte por carretera en Europa son mucho peores que los del transporte aéreo. La reserva de un tren o un autobús de Estocolmo a Bruselas debería resultar tan sencilla como reservar un vuelo, pero no lo es.
Sólo valoramos algo cuando lo perdemos
Si esta experiencia nos ha enseñado que Europa es un territorio enorme y como tal necesita una infraestructura de transportes mejor coordinada, es un buen comienzo. Pero sólo debería ser el comienzo. La cuestión inmediata es cómo utilizar la infraestructura física de la que ya disponemos de un modo más eficaz. Por ejemplo, ¿existe una burocracia innecesaria en los puntos fronterizos de la UE? Posteriormente, deberían identificarse los atascos físicos de las carreteras y las redes ferroviarias, pues en estos casos con una pequeña inversión se podría acelerar todo el sistema. La red de transporte aéreo se restablecerá en breve, pero sería una pena desaprovechar la oportunidad que nos brinda esta experiencia para realizar mejoras radicales en la alternativa terrestre.
Se suele decir que sólo valoramos algo cuando lo perdemos y los eventos de estos últimos días nos demuestran que es cierto. Por lo menos, algunos de nosotros no hemos podido llegar a nuestros hogares durante un tiempo. Y los que estamos al otro lado de Europa de momento no podemos utilizar el transporte aéreo. Así que, cuando se reanude, intentemos vivir esa maravillosa libertad con más atención, sensatez y prudencia.
