El país de la UE más afectado por la crisis económica actual se ve obligado a reducir drásticamente el gasto público. En tiempos en los que el Tigre Celta ha perdido garra, Rob Brown advierte de que los esfuerzos de Dublín por tener contenta a la economía internacional podrían llevar a un colapso tanto económico como social.

Irlanda – que hasta ahora había encarnado la imagen de la globalización del libre mercado desde Hungría hasta Honduras – está imponiendo los recortes presupuestarios más severos de todos los gobiernos de la UE para reducir el gasto público y de servicios sociales. Tan desolador es el panorama al que se enfrentan los ciudadanos de esta pequeña república, que incluso Brian Lenihan, uno de los principales responsables de esta política, ha reconocido públicamente que otros países europeos están "sorprendidos por nuestra capacidad para sobrellevar el dolor". El ministro de Economía añadió con fanfarronería: "Si intentasen hacer esto en Francia, habría disturbios".

Desde el comienzo de la crisis financiera a mediados de 2008, Dublín ha presentado tres agresivos presupuestos que, según las estimaciones, habrían absorbido entorno al 5% del PIB de la nación. Estos recortes, que más que aliviar empeoran el rápido colapso que sufre el sector privado, podrían acarrear una impresionante contracción del 15% en la en la economía irlandesa: la más brusca experimentada por cualquier país industrializado en tiempos de paz. La tasa de paro se sitúa ahora en el 12,5% y el número de beneficiarios que perciben subsidio por desempleo (incluidos los trabajadores a tiempo parcial) ha superado ampliamente la cifra de los 400.000 en una población de cuatro millones y medio. Antes de que termine la recesión, se podría alcanzar fácilmente la marca del medio millón, que sería mucho mayor si los ciudadanos más móviles de Irlanda, junto con los nuevos inmigrantes, no se marchasen del país en busca de trabajo. La emigración masiva resulta una vez más en la historia de Irlanda una válvula de escape para el desasosiego social.

La Irlanda de los bancos 'zombies'

 

Al menos dos generaciones parecen destinadas a pagar un doloroso tributo por las irresponsabilidades de los círculos dorados, cuyas estafas, timos y fraudes han llenado a Irlanda de bancos "zombies" al lado de los cuales, otros bancos en quiebra parecen relativamente respetables. La caída del Anglo Irish Bank podría tragarse por sí sola más de 30 mil millones de euros de las arcas públicas, lo cual equivale a los ingresos totales recaudados por el tesoro público irlandés en todo el año pasado. Morgan Kelly, profesor de economía en el University College de Dublín, prevé que "los impagos de hipotecas masivos provocados por el desempleo y la caída de los precios de las viviendas constituirán el próximo acto de la tragedia económica irlandesa. Además de llevar una y otra vez a la bancarrota a nuestros bancos".

 

El débil gobierno de Dublín parece mucho más asustado por el peligro de que los inversores internacionales hagan disminuir la calificación crediticia de su país. Decididos a diferenciar a Irlanda de Grecia, cuyo despilfarro continuo amenaza con desestabilizar toda la eurozona, el recorte del 20% del gasto público durante los próximos cuatro años está destinado a cumplir un importante requisito para la membresía de la moneda única: que los Estados miembros mantengan sus déficits por debajo del 3% de su PIB. Nadie en Dublín duda de que Irlanda se habría encontrado en la misma tesitura que Islandia de nos ser por la moneda única. El sistema político irlandés ha sido desde siempre tribal, local y clientelar; los peces gordos se pusieron las botas durante los años de prosperidad, pero el capitalismo amiguista (una economía capitalista que depende de estrechas relaciones entre el gobierno y los negocios) siempre se combinó con un vago compromiso de igualdad. Durante su etapa como Taoiseach, Bertie Ahern defendió la forma en que su partido cortejaba a los promotores inmobiliarios, a los constructores y a los banqueros en algunos de los eventos sociales y deportivos de la nación. En el punto álgido de la expansión económica irlandesa, señaló: "De no ser por esos tipos del palco del hipódromo de Galway que se dedican a crear riqueza, yo no podría redistribuirla".

 

Tierra de vividores y especuladores

 

La realidad es que presidía la isla de la fantasía. Cuando empezaron a surgir preocupaciones importantes sobre el insostenible boom inmobiliario (que constituía casi una quinta parte de los ingresos del tesoro público antes del crack), Ahern respondió que "la época del boom va a experimentar un boom aún mayor". No tomó medidas serias para reducir la imprudente dependencia del Estado de la propiedad y de la construcción. La que un día fue una isla de santos y de eruditos, se había convertido en una tierra de vividores, especuladores y una base extranjera de fabricación para las multinacionales estadounidenses. El milagro económico irlandés siempre fue una alucinación, ya que estas empresas estadounidenses, centradas en productos químicos, farmacéuticos y software informático, utilizaron a Irlanda como paraíso fiscal y como una ruta de entrada al mercado de la Unión Europea. "Irlanda S.A." siempre fue mucho más rica que la población activa nacional, tres cuartos de la cual ganaba menos de 40.000 euros al año, incluso en los buenos tiempos. Durante esta época, la popularidad – y la paz con los sindicatos – se compraba rebajando drásticamente los impuestos. Cuando Ahern tomó posesión del cargo en 1997, los impuestos que pagaba de media una persona soltera con unos ingresos de 40.000 euros al año, ascendía a un 40,6% de sus ganancias anuales. En 2004, este porcentaje se había reducido al 19,7%.

 

Si existe una filosofía que gobierne Dublín en la actualidad, es esta: igual que se repartieron los botines durante la época del Tigre, ahora todo el mundo debe ser partícipe del dolor. Mientras tanto, preocupa cada vez más que la terapia de choque del gobierno produzca un choque deflacionario que no sólo podría colapsar el sector público, sino también sumir a Irlanda en una verdadera depresión.