Cultura & Ideas

Patrimonio: Viejas piedras y nuevos negocios

8 febrero 2012
Frankfurter Allgemeine Zeitung Berlin

Rich Frishman

Los amantes del patrimonio se indignan al ver cómo Grecia desvirtúa sus monumentos antiguos para complacer a los turistas. Sin embargo, hace lo mismo que el resto de Europa.

Los comentarios rudos comenzaron incluso antes de que el portavoz del Gobierno griego acabara de leer el comunicado en el que anunciaba que los monumentos antiguos nacionales a partir de ahora se explotarían comercialmente.

La Acrópolis será escenario de rodajes de películas y de anuncios publicitarios; el Ágora de Atenas, cuna del parlamentarismo, abrirá sus puertas a los desfiles de moda y a las escenas de acción del agente 007; el cementerio de Cerámico y sus 3.000 años de historia servirán de decorado para anuncios de televisión en los que se pondrán en escena a erotómanos perfumados que se tocan en sueños. Así es, más o menos, cómo ven los fatalistas el futuro del patrimonio cultural antiguo en estos tiempos de crisis financiera europea.

De la noche a la mañana, opinan, el naufragio inminente de Grecia ha convertido a la abuela de la cultura y la democracia europeas en una prostituta dispuesta a todo. Sin embargo, la negligencia que muestra el país con respecto a su patrimonio mundial no es en ningún caso un fenómeno reciente: durante los preparativos de los Juegos Olímpicos de 2004, algunos lugares antiguos famosos como Maratón se acondicionaron en exceso para acoger pruebas y se adornaron con reproducciones dudosas de monumentos antiguos desaparecidos.

Incluso las obras de restauración del Partenón, que duran ya varias décadas y con las que no se pretende únicamente renovar los elementos dañados, sino también los que han desaparecido, se basan tanto en el gusto del turismo por los sitios con el menor deterioro posible como en la sed de conocimientos arqueológicos.

Décadas de negligencia

Entre los desencadenantes de esta oleada de transformaciones intensivas, se podría mencionar el descubrimiento de la tumba de Filipo II de Macedonia en 1977, en Vergina (la antigua Egas), al norte de Grecia. En este descubrimiento todo era sensacional: el hecho de que se descubriera la sepultura del padre de Alejandro Magno, la extraordinaria profusión de objetos de plata y oro y el hecho de que las cenizas del soberano se encontraran cubiertas con una tela púrpura bordada en oro.

Todos los protagonistas de este descubrimiento comprendieron que mucha gente estaría dispuesta a hacer cola toda la noche para poder admirar estos vestigios. Inmediatamente comenzaron los preparativos de una exposición especial.

Pero los especialistas en tejidos antiguos a los que se consultaron revelaron que para el despliegue y la conservación del tejido se necesitarían años. Con la condición de salvar únicamente un fragmento de tejido, un restaurador proponía acortar este plazo a unos meses. La propuesta fue aceptada y la exposición, organizada en el plazo previsto en Tesalónica, batió récords de visitas.

Así se abrió la puerta a decenios de negligencia. Según la voluntad del Parlamento griego, sitios como Delfos o el palacio de Cnosos en Creta, a partir de ahora acogerán acontecimientos al aire libre con la mayor frecuencia posible mediante atractivos alquileres, sin esperar a grandes citas como los Juegos Olímpicos.

¿Es razón suficiente para criticar a Grecia? ¿Acaso alguien se indignó en 2010, cuando las autoridades culturales italianas accedieron a la instalación de nuevos asientos en el recinto del teatro antiguo de Pompeya y a la invasión de enormes contenedores con material para el escenario y sanitarios, con el fin de poder volver a organizar en el lugar lucrativos conciertos, que se habían prohibido desde 1976 por los importantes estragos que causaba el ir y venir del público? ¿Alguien ha pensado en el escándalo que enojó recientemente a los romanos, cuando se soltaron unas piedras de un Coliseo dañado por decenios de visitas turísticas?

De lugares históricos a huevos de oro

Hace ya mucho tiempo que las leyes del mercado libre también se aplican a los monumentos. Todos los países europeos han reformado sus lugares históricos para convertirlos en gallinas de los huevos de oro. Desde el "barrio de los Museos" de Viena, en el que las caballerizas reales de estilo barroco se convirtieron en 1998 en el "octavo complejo cultural del mundo" gracias al añadido de nuevas construcciones excéntricas, hasta el minúsculo lugar de Xanten [al noroeste de Alemania], cuyos vestigios romanos acogen un museo al aire libre y donde los camareros vestidos con trajes antiguos pasan al visitante platos de la época en las reconstrucciones de termas y hostales, los lugares históricos se convierten en puntos de atracción con los que los municipios y los mercados maltrechos obtienen nuevas fuentes de ingresos.

Aunque de momento aún resista a la crisis, Alemania no es una excepción en este ámbito. Tomemos como ejemplo la ciudad de Dresde, que se jacta de ser la joya inigualable del barroco. En 2010, tras una larga e infructuosa caza de inversores, el suntuoso Palacio Kurländer, destruido por los bombardeos de febrero de 1945, se reconstruyó para que resurgiera de sus ruinas. No para convertirlo en museo, ni en sala de conciertos ni en un lugar cultural, sino en un "centro de eventos". En su página web, la empresa que lo gestiona promete a sus visitantes que "descubrirán un palacio de cuento de hadas que ha renacido", con su "magia, siempre omnipresente". En el antiguo salón de bailes se ha organizado la actividad de animación principal del Palacio Kurländer y se presenta así: "‘La boda de Drácula’: una sabrosa cena con espectáculo que no le dejará indiferente".

¿Dónde está la diferencia con la comercialización de los lugares culturales de Grecia? En estos tiempos de crisis del euro, la codicia y la pobreza van de la mano en todos los lugares. Atenas, al sentirse acorralada, hace a la vista de todos lo que otros han hecho ocultos bajo una estabilidad relativa. En ambos casos, la víctima siempre es el patrimonio y nosotros mismos, que, en lugar de centros históricos, vemos cómo se imponen cada vez con más frecuencia los "centros de eventos". A cambio de dinero contante y sonante, por supuesto.