La vida de los 27

Instituciones

Un poco de ambición, por favor

Publicado el diciembre 01 2009  |   Dziennik Gazeta Prawna
Imagen: Presseurop, William Murphy

Imagen: Presseurop, William Murphy

 

Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, la UE deberá empezar a asumir sus responsabilidades si pretende jugar un papel relevante en el mundo. Sin embargo, la señal enviada por las nominaciones de sus nuevos jefes no parece ir en esta dirección, en opinión del politólogo polaco Aleksander Smolar.

Herman Van Rompuy, presidente de la Unión Europea, y lady Ashton, jefa de la diplomacia europea, tienen un punto en común: ni el jefe del gobierno belga ni la comisaria de Comercio eran personajes demasiado conocidos hasta entonces en Europa o en el mundo. Lo cual significa que una pareja de perfectos desconocidos se han convertido en el rostro de la Unión. Para un buen número de comentaristas, tal elección es la prueba de que la Unión no desea convertirse en una potencia mundial. Da la impresión de que Europa, cansada de la Historia, sólo busque el modo de salir de ella. Europa quiere ser un continente próspero, estable, democrático, pero girado hacia sí mismo, poco interesado en el resto del mundo y reacio a asumir responsabilidades sobre él. ¿Pero puede permitirse Europa tal actitud? ¿Puede renunciar a las ambiciones que le imponen su historia y su geografía? Europa no puede escapar a la exigencia de influir activamente en el mundo y de garantizar del mismo modo su propia seguridad.

Es preciso admitir que existen interpretaciones más positivas de esta elección de personas. Habida cuenta de su situación actual, tal vez la UE haría mejor en comenzar por resolver sus debates internos y en buscar un consenso sobre las cuestiones clave, tal como ha escrito Wolfgang Münchau en The Financial Times. Europa ha sido incapaz hasta ahora de encontrar una posición común, ya se trate de la actitud que sea preciso adoptar respecto a Rusia, de cuestiones energéticas o incluso de las relaciones con Estados Unidos, por no hablar de entenderse sobre la política hacia China o hacia Oriente Próximo. Desde este punto de vista, resulta más prudente escoger a personas provistas más bien de un talento mediador que de una gran capacidad de liderazgo. Según esta lógica, optar por gente capaz de forjar consensos es más productivo que contar con personalidades fuertes que serían incapaces de superar las diferencias entre los veintisiete países miembros.

Nombramientos contradictorios con el espíritu de Lisboa

El redactor del Financial Times escribe con toda justicia que por fortuna no nos enfrentamos a un nuevo decenio de conflictos sobre la organización interna de la Unión. Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, la UE puede y debe afrontar los principales problemas y desafíos que hay más allá de sus fronteras: la energía, las relaciones internacionales, los problemas medioambientales, el progreso en el mundo democrático. La UE tiene también desafíos muy importantes en sus propias fronteras, con países que aspiran a una adhesión rápida: las repúblicas balcánicas de la ex-Yugoslavia y de Turquía. Otro problema de envergadura es el constituido por los países situados entre la UE y Rusia y que forman parte de la Asociación Oriental, creada a iniciativa de Polonia y Suecia. ¿Qué hacer para acercarlos a la Unión, así como para influir sobre su orientación internacional y sobre su organización interna? Los desafíos son numerosos y exigen de Europa energía y buena voluntad. ¿Acaso es posible encontrar dicha voluntad sin dirigentes fuertes capaces de encarnarla y de garantizar su buen uso? No excluyo que dicho escenario sea posible a largo plazo, pero confiar en ello requiere mucho optimismo.

Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, la Unión Europea debería aumentar su eficacia. Dispone ahora de un líder claro y de una persona al frente de los Asuntos Exteriores y del cuerpo diplomático. Por otro lado, el abanico de asuntos sometidos al voto de la mayoría cualificada queda considerablemente ampliado, lo cual limita el derecho de veto de los Estados Aislados o de coaliciones minoritarias. Existe pues una cierta contradicción entre las posibilidades formales creadas por el Tratado de Lisboa y la elección de las personas encargadas de dirigir la Unión, una contradicción que abre la vía a la evolución de la Unión en una u otra de las direcciones apuntadas. ¿Qué podría sacar a Europa de este proceso de mengua de las aspiraciones y obligarla a interrogarse sobre su papel en el mundo? La crisis ha sido toda una prueba y la ha empujado a emprender algunas acciones, ciertamente insuficientes pero cuando menos comunes. Resulta difícil confiar en la movilización de la Unión en ausencia de un factor que sirva de motor exterior y que la obligue a tomar conciencia de la necesidad de actuar.

Aleksander Smolar
 
Democracia
Debatir sobre Europa: cosa de elites

Tras "ocho años de tropiezos y dificultades", un nuevo modelo para Europa entra en vigor hoy con el tratado de Lisboa, que supone "un avance hacia su proyecto federal" europeo, escribe El País. Con la declaración de Laeken de diciembre de 2001, los líderes europeos decidieron crear una Unión "más democrática, transparente y eficaz". Pero para el filósofo alemán Jürgen Habermas, existe un déficit democrático europeo, que reflejaría " el fracaso de los gobiernos en crear un debate constructivo sobre Europa". En su obra ¡Ay, Europa! (Trotta, 2009), Habermas analiza el espacio público europeo como un "campo de debate para las elites", en el que "los ciudadanos no se ven implicados". "A pesar de sus deficiencias", subraya El País, Europa se ha convertido en un "modelo de referencia" mundial. El diario madrileño cita ejemplos como la reforma de la sanidad propuesta por Barack Obama o el hecho de que Africa, Asia o América Latina se inspiren en el proyecto de integración europeo. 

En The Guardian, David Marquand estima que “los debates constitucionales de finales del siglo XVIII en Estados Unidos, pueden enseñarle algo a la Europa de principios del siglo XXI”. Para el viejo asesor del presidente de la Comisión Europea Roy Jenkins, “los políticos americanos eran hombres pragmáticos, no teóricos académicos. Con una sorprendente audacia intelectual y práctica, rompieron con lo que se suponía correcto en esa época y forjaron una nueva ciencia política adaptada a sus necesidades”. Marquand concluye diciendo que “La Europa de hoy no está a millones de kilómetros de la América de los años 1780. Es evidente que Europa debe subir aún un peldaño para conservar su lugar en el tumultuoso y conflictivo mundo del siglo XXI”.                                                        

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